Por Nidya Pesántez*
Históricamente hemos tomado conocimiento que estudios e informes revelan que la brecha salarial entre mujeres y hombres es de alrededor del 23%, lo que significa que las mujeres ganan en promedio 77 centavos por cada dólar, euro o boliviano que gana un hombre. Esta brecha se vuelve incluso mayor para mujeres indígenas, afrobolivianas, migrantes, o cuando tienen hijas e hijos.
¿Pero, cuál es la realidad tras estas cifras?, se cree que estos porcentajes son datos fríos que arrojan estudios especializados en brechas salariales y que sólo debe mirárselos así, pero para escribir sobre ello debemos referirnos al principio de igual remuneración para un trabajo de igual valor que está contemplado por la mayoría de los países, incluyendo Bolivia, a través del artículo 48 de la Constitución Política del Estado (2009). Se debe puntualizar que la brecha salarial entre mujeres y hombres en Bolivia alcanza el 26,5% , lo que debela que aún la meta de cumplir el mandato constitucional, está distante.
La brecha salarial se enmarca en desigualdades sistémicas que las sociedades patriarcales han sostenido como ejes de control y subordinación para la vida de las mujeres. Por ello se observa que las mujeres alrededor del mundo se hacen responsables de los cuidados y tareas del hogar entre dos y tres veces más que los hombres, cerca de 7 horas diarias más que los hombres en Bolivia, lo que limita su acceso a la educación, salud y al empleo decente. Por ejemplo, en Bolivia, las mujeres trabajan 43,5 horas semanales para generar ingresos, frente a 50,7 horas de los hombres. Esta diferencia encuentra su razón en la desigual repartición del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado entre mujeres y hombres, así como en la falta de servicios adecuados a estas necesidades.
En este aspecto, se puede cuestionar el valor actualmente acordado a los cuidados, indispensables para el sostenimiento de la vida y la organización social y económica, pero poco reconocidos como tal, incluso en términos monetarios. En efecto, se tiende a considerar los cuidados como un ámbito privado, tareas que no necesitan formación o capacidades específicas, para las cuales las mujeres desarrollarían interés y habilidades “naturales”. Esta organización social binaria y sexista, basada en el hombre proveedor y la mujer cuidadora, se refleja en el sistema laboral, a través de la segmentación horizontal de los sectores por tipo de capacidades, y la característica minusvaloración de los sectores donde se concentran las mujeres, centrados en actividades relacionadas a los cuidados (servicios, trabajo del hogar, comercio, enfermería, etc.). Por lo tanto, el mandato social de las mujeres es cuidar tanto en el hogar como en la sociedad a través de su trabajo, a cambio de un salario inferior al de otras labores, ya que su remuneración no refleja la esencialidad de su trabajo (que además realizan de forma gratuita en el hogar). De allí surge la falta de valoración social y económica de su labor, que tiene consecuencias en sus ingresos. Por lo tanto, ONU Mujeres trabaja para que los cuidados se reconozcan, redistribuyan y recompensen de mejor manera.
La falta de servicios de cuidados adaptados a sus necesidades y el hecho de que se vea comúnmente a las mujeres como las principales responsables de los cuidados, genera su sobre representación en trabajos a tiempo parcial, por hora o de horario flexible, lo que explica en parte la diferencia salarial. Algunas mujeres aceptan trabajos a tiempo parcial, a pesar de querer -o necesitar- el tiempo completo, debido a la imposibilidad de conciliar las tareas del cuidado en el hogar con el mercado laboral; estas ofertas se encuentran más frecuentemente en los sectores más feminizados.
El acceso a educación diferenciada entre niñas y niños también se constituye en una causa de esta brecha salarial, en el sentido de que las niñas suelen estar obligadas históricamente desde temprana edad a cuidar a los/as demás, y se orientan en carreras vinculadas con el cuidado, los servicios y la comunicación, según los estereotipos de género, cuyo valor es menos preciado que otros sectores, como anteriormente mencionamos. Los niños, en cambio, están incentivados a desarrollar habilidades psicomotrices y a tomar riesgos. Los sesgos y estereotipos que se sostienen en esta sociedad patriarcal se debelan a la hora de elegir una carrera profesional, lo que lleva a los niños a escoger carreras más lucrativas, en sectores productivos, como los de ingeniería o finanzas, más valorados que los sectores feminizados, centrados en servicios. Para extraerse de esta segregación laboral, las jóvenes y mujeres deben romper con su mandato social, lo que genera rupturas en su entorno inmediato, como manifestaciones de sexismo que las obligan a veces a reorientarse hacia sectores más feminizados.
El mandato social de las mujeres como cuidadoras y la necesidad de conciliar vida profesional y responsabilidades de cuidado, también lleva a muchas a optar por un trabajo en el sector informal. Según datos de la Organización Internación al de Trabajo (OIT), Bolivia es el país de la región con mayores índices de empleo informal. La tasa de informalidad del empleo de las mujeres alcanza el 75,6%, en cambio para los hombres es del 71,3%. En el sector informal, no rige ninguna normativa en términos de salario mínimo, protección social y condiciones de trabajo. Las mujeres del sector informal ganan en promedio 2.267 bolivianos mensuales a cambio de 3.430 bolivianos para las mujeres del sector formal en Bolivia.
La brecha salarial entre mujeres y hombres es de alrededor del 23%. (Vecteszy)

