Qué está pasando: ¿Feminismo sin sujeto?

by Liderazgo de Mujer

opinión

Ma. Lourdes Zabala Canedo *

Una de las cuestiones más relevantes del debate feminista contemporáneo gira en torno a la crisis del sujeto político mujer y a la presunción de que estaríamos en un momento de postfeminismo. Hay quienes sostienen que este ciclo corresponde a una 4ª ola del feminismo (Posada Kubissa, 2020) en la que el sujeto feminista habría cambiado. Son tributarias de esta visión las propuestas que vienen del transfeminismo y de la teoría queer.

Hay que recordar que el sujeto feminista mujer ha tenido distintos momentos de resignificación en el tiempo. A partir de los años 80 del siglo pasado el feminismo reivindicó a un sujeto mujer diverso, marcado por raza, clase, preferencia sexual y lo hizo sobre todo a raíz de las críticas que vinieron de feministas lesbianas, negras, chicanas, por no contemplar sus diferencias y no sentirse representadas en un feminismo hegemónico, identificado como blanco, occidental, heterosexual y de clase media.

A fines de la última década del siglo pasado y al calor de la crítica postmoderna que asume como paradigma la “muerte del sujeto”, el cuerpo conceptual feminista se ve enfrentado a un radical cuestionamiento de sus principales categorías: sexo, género, identidad y sujeto poniendo en tensión la propia concepción feminista de la política emancipatoria.

La publicación en 1990 de la obra de Judith Butler, Gender Trouble, inscrita en los postulados filosóficos de la posmodernidad y el post estructuralismo visualizará una de las críticas más contundentes al discurso feminista buscando desmontar sus presupuestos esencialistas y desodontologizar las identidades.

Inspiradora de los activismos queer y posicionamientos postfeministas, propondrá la deconstrucción de todas las identidades por normativas excluyentes, ya que toda identidad establece unas normas a las que hay que ajustarse para ser inteligible social y culturalmente, dejando por fuera todo lo que no se ajuste a ellas. Así todo lo que queda por fuera, no podrá reclamar esa identidad, se constituirá en lo “otro” en un “no sujeto”.

Bajo esas coordenadas, Butler insistirá en que la identidad mujer ha de ser desestabilizada, en tanto no está exenta de producir exclusiones y establecer fronteras. El “nosotras feminista”, a pesar de su connotación universalista no alcanza a abarcar la complejidad y diversidad que el término denota. Afirma que en realidad se trata de una “ficción”, de una construcción naturalizada que solo representa una porción del grupo que dice representar, dejando por fuera al resto.

Según Butler “insistir en la coherencia y la unidad de la categoría de las mujeres ha negado, en efecto, la multitud de intersecciones culturales, sociales y políticas en que se construye el conjunto concreto de ´mujeres´”. (Butler; 2007,67). En ese marco cuando la categoría ´mujeres´ se pretende globalizante y universal, se torna normativa y excluyente, ignora otras dimensiones como las de clase, étnica, raza (Alves de Atayde, 2011)

Butler no solo critica el carácter excluyente y represivo de la categoría mujer, sino que cuestiona su pretendido carácter natural.

A partir de esta problematización del sujeto, Butler desarrolla las cuestiones fundamentales para su teoría de la performatividad. Ante la tendencia de tratar las identidades sexuales y de género, como elementos fijos e inmutables que refuerzan las divisiones binarias (hombres-mujeres, heterosexuales-homosexuales) el postfeminismo Butleriano va a desarrollar su concepción performativa de las identidades.

Butler va a tomar de Foucault la idea de que no existe un sexo biológico y un género construido, lo único que hay son cuerpos construidos culturalmente, antes que un sexo natural, ya que los acercamientos al sexo están mediados por un lenguaje cultural y social. En ese sentido afirma, no es posible establecer un cuerpo natural antes de la cultura porque tanto el observador como el cuerpo están embebidos de representaciones simbólicas (Alves de Atayle; 2011). Por tanto, “la materialidad corporal que se presenta en forma de binarismo sexual no es una esencia pre-social” sino que está atravesada por la normatividad heterosexual (Posada Kubissa; 2014, 149).

Una vez que para Butler “tal vez el sexo siempre haya sido el género, de tal forma que la distinción entre sexo y género se revela absolutamente ninguna” (Butler; 2007, 57), elimina la posibilidad de distinguir entre sexo y género, disiente de la concepción sexo/natural y género/construido, haciendo estallar la ecuación fundacional del feminismo.

Lejos de constituir una identidad estable, Butler va a asumir que el género, es construido discursivamente por actos performativos (práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra) en el contexto de poder de una matriz binaria y heteronormativa. Desde el lenguaje performativo, Butler caracteriza la identidad de género como el resultado de la repetición de roles que se aprenden a través de llevarlos a la práctica una y otra vez. Afirma que lo masculino y lo femenino “son mascaradas, performances, actuaciones; no son algo natural, se van adquiriendo al ser repetidos como si de un ritual se tratara” (Trujillo Barbadillo; 2009, 168).

El género, entonces, se produce como una actuación reiterada y obligatoria, como una repetición ritualizada de normas sociales y convenciones en el marco de una heterosexualidad hegemónica. Butler invita, a deconstruir el género, en tanto no es esencia y por tanto a acabar con la obligación de ajustarse a la norma. La argumentación de Butler deja por tanto constancia de que lo que constituye a un hombre o a una mujer, no es la materialidad de sus cuerpos, sino la repetición performativa de gestos que hacen al cuerpo “mujer”, “varón; idea que poco a poco relativiza, a lo largo de su obra, pero que sin embargo no modifica su concepción posestructuralista, sobre la muerte del sujeto político del feminismo.

Butler rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales como homosexual, heterosexual, hombre o mujer, ninguna de las cuales sería más fundamental o natural que otras. Evita el encasillamiento de las identidades y asume que todas son igualmente anómalas.

En conclusión, no solo el género, sino también el sexo y el cuerpo son algo continuamente producido y reproducido a través de las representaciones cotidianas, en este marco, es posible re-significar sus significados y generar nuevas representaciones que no estén sometidas al orden heterosexual

¿Sujeto feminista: vive o muere?

Hay quienes ven un peligro en las críticas postfeministas de Butler. Sobre todo cuando de su lectura se extraen consecuencias que tienen que ver con la praxis política y con las posibilidades que tienen sus herramientas conceptuales de ser operativizadas para las disputas feministas. (Vacarezza, 2017)

La filosofa Ma. Luisa Femenías que realiza una detenida lectura de sus obras y de las cuales destaca su complejidad y riqueza sostiene que “las posibilidades que Butler ofrece al feminismo real son hasta hoy políticamente limitadas” (Femenias; 2003, 6) y añade que el desplazamiento de las “mujeres” como sujeto político en pos de una “proliferación sin más de sexos-géneros no se sigue necesariamente que la dominación y las jerarquías se acaben: por el contrario, pueden adquirir nuevas y complejas formas (Femenías, 2003, 79).

Seyla Benhabib, teórica y feminista, polemizando con Butler, va a advertir de los riesgos de estas posturas posmodernas en tanto se vuelven incompatibles con los postulados y la ética feministas. Ella va a sostener que, si “la posmodernidad nos trae la muerte del sujeto y con ello todo principio identitario, no ve cómo se puede articular un proyecto de emancipación femenina. Si bien coincide con Butler, sobre la necesidad de denunciar las exclusiones que implican los discursos identitarios, Benhabib va a distanciarse de los intentos por desmantelar toda identidad, al sostener que “el sujeto puede ser sometido a crítica sin necesidad de renunciar a su articulación” (Velazco Lazaro; 2013, 279).

Para Luisa Posada, la defensa de un sujeto feminista, pasa por aceptar que la identidad “mujeres”, más allá de toda esencialización, desempeña el papel de una “identidad estratégica” “que puede y debe coaligarse con otros sujetos que como los homosexuales, las lesbianas, los transexuales o los transgénero están embarcados también en una lucha contra el orden patriarcal heteronormativo”.

Pero que se dé una eventual coalición con los mismos no hace del feminismo una posición que venga a disolverse en esas posiciones de sujeto reivindicadas por la teoría queer. En un mundo en proceso de globalizaición, la realidad material de las condiciones de vida de muchas mujeres exige todavía pensar desde el feminismo un proyecto de emancipación social y personal. Y para ese proyecto se necesita todavía un sujeto “verosímil” (Posada; 2014, 157), “con objetivos políticos comunes que atraviesen todos los referentes de identidad que las constituyen” (Amorós, 2005, citada en Posada, 2014, 157).

En momentos en que el feminismo está volviendo a ser un movimiento emergente, con un sujeto colectivo movilizado y convocando mayorías y nuevas subjetividades, la idea de pensar la desestabilización de la identidad feminista es fuertemente criticada por activistas feministas, no solo por debilitar el carácter contestario del sujeto feminista, sino también por disolver el contenido político de sus luchas, pero además por invisibilizar la violencia simbólica y material que ejerce el patriarcado sobre las mujeres.

Voces cercanas al activismo queer y postfeminista, en contrapunteo a estas posiciones, argumentan que las aportaciones teóricas postidentitarias, lejos de debilitar al feminismo y sus prácticas, lo que hacen es abrir nuevos referentes al debate teórico, rehabilitar otras agendas, visualizar otras señas de identidades y luchas sociosexuales que el uso de la identidad mujer/mujeres han invisibilizado y/o silenciado.

En ese entendido, lo que la teoría queer se propone, es buscar la legitimación de diversas “posiciones de sujeto” que, consideradas como secundarias, abyectas o ininteligibles, reconviertan y reconfiguren los patrones heteronormativos (Femenías; 2003). De allí que el debate sobre cómo se configura el sujeto del feminismo no se limita a la reivindicación de un sujeto fuerte y unívoco; por el contrario se trata de un sujeto múltiple y descentrado, emergente de coaliciones contingentes con otros sujetos. Para Butler la pregunta por quién es considerado sujeto, no es un a priori, forma parte de todas las resistencias y luchas disidentes del sistema binario sexo género.

Como reflexión final, uno de los principales desafíos que tienen que afrontar los feminismos es cómo articular su crítica al binarismo sexual y al esencialismo identitario con la denuncia de las violencias, las precariedades materiales, opresiones y jerarquías que sigue generando la lógica patriarcal y el orden heteronormativo. Cómo evitar que el cuestionamiento radical al sujeto del feminismo invisibilicen las dominaciones comunes y fragmenten el movimiento en una sumatoria de identidades que puede llevar al infinito y resultar poco efectivo para impugnar las marcas de exclusión que sufren las mujeres a pesar y desde sus diferencias.

*Activista, Docente Universitaria · ‎Universidad Mayor de San Simón (Cochabamba, Bolivia)

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